Lilith: desde Babilonia hasta la actualidad

El arquetipo de Lilith es ampliamente utilizado hoy en día en astrología, pero en muchas ocasiones se interpreta sin conocer bien su origen, lo que puede generar confusión o inseguridad. En esta entrada vamos a profundizar en su raíz histórica y simbólica para comprender realmente qué estamos nombrando cuando hablamos de Lilith.

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Orígenes mesopotámicos

Si queremos llegar al origen primordial de la figura de Lilith, tenemos que remitirnos a las fuentes mesopotámicas. Parece ser que en Sumeria, había una diosa primordial asociada al viento y a la tormenta relacionada con Lilith aunque no he encontrado mucha información al respecto. Si indagamos más en estas tradiciones, también encontramos una deidad liminar llamada Lamashtu, que se encargaba del duro rol de regular la natalidad, llevando la muerte a cierto número de niños y madres para que la sociedad no se “desbocara”.

Lamashtu como control poblacional

Para los antiguos babilónicos, regular la población mundial era un tema serio. Los dioses pretendía que hubiera suficientes humanos como para continuar su culto, pero no tantos como para que se puedan amotinar contra los dioses. Por eso era necesario regular la natalidad. Este es el contexto histórico en el que surge la figura de Lamashtu. Su principal función es mantener el orden existente, y en tanto cumple con su rol, no tenemos que verlo como venganza, o ensañamiento. Los atributos de voluntad malévola y violencia gratuita son posteriores al origen de esta figura.

Esta deidad era hija (o “hije”, según las versiones) de An, dios supremo del panteón babilónico, tiene voluntad y poder propio y cumplía una función legítima dentro de la sociedad donde surgió el mito. La figura de Lamashtu era bastante monstruosa: tenía el cuerpo cubierto de pelo, cabeza de leona y garras de ave.

El origen de Lamashtu es divino, era hija de un dios, pero como su función era bastante inquietante para la mayoría de los integrantes de esa comunidad, se la denominó “demonio”. En el plano social, no era una entidad venerada, sino ampliamente temida, dando lugar a multitud de talismanes y hechizos protectores. Además, se invocaba al demonio de Pazuzu para que la contuviera, aun siendo este último una gran fuerza destructora.

Los lilu y las ardat-lili

En la tradición mesopotámica también encontramos a seres como lilu, seres masculinos y ardat-Lili, seres femeninos, que encarnan entidades del inframundo, plurales, que representan los peligros de la noche, enfermedad, muerte y desgracias. No hay una sola ardat-lilit, o un solo Lilu, sino que es una categoría que engloba a varios seres de estas características. Sería como hablar de las lamias, son figuras liminares, que se encargan de establecer los límites entre el mundo de los vivos y el más allá.

La multiculturalidad Babilónica

Conviene recordar que la antigua Babilonia no crea un sistema mitológico desde cero, sino que hereda y reelabora tradiciones sumerias y acadias, integrándolas en un mismo marco cultural. En ese contexto, estas figuras no pertenecen a un único momento histórico, sino que coexisten durante largos periodos, transformándose a medida que cambian las creencias y sensibilidades de las sociedades que las transmiten.

Así, Lamashtu convive con entidades como lilu y ardat-lilī dentro de un mismo imaginario simbólico, aunque respondan a funciones distintas. Con el tiempo, estas tradiciones se entrelazan y se reinterpretan, especialmente en su paso a otros contextos culturales.

La tradición judía entra en juego

Es en ese proceso de transmisión —particularmente a través de la tradición judía— donde algunos de estos motivos acaban confluyendo y transformándose, dando lugar, de manera no lineal y en gran parte indirecta, a la figura que hoy conocemos como Lilith.

En el siglo VI a.C., el reino de Judá fue conquistado por Nabucodonosor II, y parte de su población fue deportada a Babilonia, como parte de la Diáspora judía. Este episodio puso en contacto prolongado las tradiciones mesopotámicas y judías, favoreciendo un intercambio cultural que se desarrolló durante siglos. En este contexto, se gestaron y transmitieron diversos textos religiosos fundamentales, algunos de los cuales cristalizarían más tarde en obras como el Talmud (siglos IV–VI d.C.).

A partir de este proceso, ciertas figuras y motivos del imaginario mesopotámico, como Lamashtu o las entidades ardat-lilī, fueron reinterpretados en la tradición judía, contribuyendo de forma indirecta a la configuración posterior de Lilith como figura mítica en un entorno totalmente ajeno de donde surgió originalmente.

El Alfabeto de Ben Sira

Pero para llegar a nuestro destino debemos seguir avanzando en el tiempo. El momento en que Lilith queda plenamente definida aparece en el Alfabeto de Ben Sira (siglos VIII–X d.C.), un texto de tono irónico que reelabora materiales más antiguos. Allí se presenta por primera vez una narración completa en la que Lilith es concebida como figura que se niega a someterse a Adán, la autoridad masculina, y escapa o es expulsada del orden establecido. Como consecuencia de esta ruptura, pierde su condición humana, lo cual implica una degradación de estatus y su posterior conversión en demonio.

En este estado, Lilith se vuelve un ser liminar y moralizado (carácter del que carecía en sus inicios) que ataca a niños por puro resentimiento y se dedica a seducir jóvenes incautos a los que “roba” su vitalidad durante la noche. En este sentido, vemos la unión con Lamashtu y las antiguas ardat-lili mesopotámicas.

Lilith como amenaza ante la mujer libre

El texto original no trata sobre una mujer independiente que encuentra su lugar en la sociedad donde vive, sino de una mujer que, luchando contra sistema, pierde la batalla y su estatus dentro de esta sociedad. Y esto es grave porque, lejos de ser empoderante, esta fábula era una advertencia, o más bien dicho, una amenaza contra toda mujer que pretendiera ir más allá de lo que una figura masculina con autoridad sobre ella estuviera dispuesta a aceptar.

Por tanto, la entidad original de Lamashtu, cuya función —por más desagradable que resulte— estaba integrada dentro de un orden, pasamos a la figura de Lilith, que se transforma en una figura moralizada dentro un relato con tono amenazante dirigido a aquellas mujeres que se atrevan a ir más allá de los límites que se les imponen, dentro de un sistema patriarcal.

Y qué sacamos de todo esto…

Como conclusión, la figura de Lilith, tal y como hoy suele difundirse, no procede directamente del texto bíblico, sino de una tradición mucho más tardía y no canónica dentro del judaísmo, especialmente del Alfabeto de Ben Sira. Su construcción responde a un proceso de reinterpretación en el que confluyen materiales más antiguos, muchos de ellos de origen mesopotámico, como Lamashtu o las entidades lilītu y ardat-lilī, que acaban condensándose en una única figura.

En este sentido, Lilith no nace como un símbolo de empoderamiento femenino, sino más bien como una figura ejemplarizante que encarna la transgresión y sus consecuencias. El relato no legitima su rebeldía, sino que la castiga, configurándola como advertencia dentro de un marco claramente normativo. 

Sin embargo, el hecho de que un símbolo no naciera con un determinado significado no impide que lo adquiera con el paso del tiempo. Aunque la figura de Lilith surge en un contexto muy distinto al actual y difícilmente puede considerarse un símbolo de emancipación femenina en su formulación original, su presencia en el imaginario colectivo ha seguido transformándose a lo largo del tiempo.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con el auge de los movimientos de emancipación femenina y de nuevas corrientes psicológicas interesadas en la exploración de la sombra, Lilith comenzó a adquirir una relevancia renovada. En este contexto, dejó de ser únicamente una figura asociada a la transgresión y al castigo para convertirse también en un símbolo a través del cual explorar aspectos de la experiencia femenina que habían permanecido invisibilizados, reprimidos o excluidos del discurso dominante.

Entre las autoras que contribuyeron a esta reinterpretación destaca Judith Plaskow, teóloga feminista judía, quien en los años setenta revisó el mito desde una perspectiva crítica. Su ensayo The Coming of Lilith propuso una lectura radicalmente distinta de la figura tradicional, convirtiéndola en un punto de encuentro para reflexionar sobre la autonomía, la exclusión y la construcción de lo femenino. Aunque esta visión se aleja considerablemente de las fuentes originales, ha ejercido una influencia notable en la forma en que Lilith es entendida en numerosos ámbitos contemporáneos, incluida la astrología.

Esta es, al menos, la visión de Lilith desde un planteamiento histórico-mitológico. En una futura entrada seguiremos explorando su significado desde una perspectiva astrólogica y psicológica.